Los chicos de Carabanchel: guerra, refugio y trabajo social
Pilar Sánchez
Mi experiencia con el trabajo social ha estado siempre llena de contradicciones, llegué aquí por casualidad, sin saber a lo que me iba a enfrentar; me enamoré y me desenamoré y aunque he tratado a veces de dejar la profesión, al igual que las gafas moradas del feminismo, nuestras gafas naranjas ya sólo me dejan ver la vida a través de ella.
Esto no quita que en ocasiones haya renegado, por múltiples razones. Pero la reconciliación luego es tan apasionada que te preguntas como pensaste en abandonar.
Me ha pasado recientemente, cuando en un período en el que pensaba que la profesión ya no me podía dar nada más que sinsabores, por casualidad, como siempre suelen llegar las cosas importantes, me convierto en la trabajadora social de referencia en AMAPAD (Agencia Madrileña para el Apoyo a la Personas Adultas con Discapaidad) de un grupo de chicos ucranianos que residen en un espacio cedido por el AMAS, en el ala este de un edificio que no les esperaba, pero que cumplía con las condiciones que necesitaban.
En AMAPAD ya había escuchado hablar de ellos. Cuando los medios de comunicación hablaban de las personas refugiadas y de las consecuencias de la guerra en Ucrania, desde mi perspectiva de trabajadora social, ya había reflexionado acerca de que sucedería con las personas residentes en los centros, en un centro de mayores, de salud mental…, dónde irían a parar. Si sucediera algo así aquí, que pasaría con tantas de las personas con las que intervenimos en AMAPAD que están solas, que llevan años institucionalizadas, no lo sé. No sé qué sucedería con ellas, tampoco puedo saber que ha sucedido con los miles de personas que estarán en esa situación en Ucrania, lo que sí sé es que 110 de aquellos chicos, acabaron en Madrid, que están curatelados por AMAPAD y 50 de ellos llegaron a Carabanchel.
La experiencia de una guerra, que tengas que salir corriendo en un autobús de un día para otro porque tu casa ha sido destrozada y que sin saber cómo, acabes en un país desconocido, alejado de todo lo que conoces, sin entender que te están diciendo, dejándote llevar porque no tienes posibilidad de otra solución, tiene que producir una situación de miedo y desarraigo que tiene que desgarrar el alma y las convicciones más profundas. Estos chicos llegaron así.
Los primeros días tras la llegada a Madrid dos de las responsables de AMAPAD junto con las responsables asignadas del centro del AMAS, gestionaron documentación con el consulado, trabajaron incansablemente para proporcionarles tarjetas sanitarias, documentaciones temporales, elaboraron informes de apoyos de todos y cada uno con objeto de proporcionarles seguridad hasta que el tiempo, porque aquí era el más importante, nos dijera que iba a pasar con la situación de su país y por ende con ellos.
Lo que iba s ser algo transitorio y temporal se convierte por las circunstancias sociopolíticas en algo que se extiende en el tiempo y desde aquel autobús ahora han pasado tres años.
Ahí es dónde aparezco yo y me reconcilió, después de una racha de desamor con el trabajo social para volver a enamorarme, de la increíble labor que podemos hacer, que he visto reflejada en el trabajo de mis compañeras de Carabanchel con estos chicos ucranianos.
El lado Ucraniano del gran edificio
Siempre elijo los recorridos, aunque sean más largos, que me proporcionan algo para llegar a los sitios, me gustan la armonía en los espacios y los lugares que rompen con lo previsible y que hacen que me sorprenda. El edificio de Carabanchel es así, para llegar pasas por varios estadios de la ciudad que se parece mucho a lo que vas a encontrar al entrar.
La primera vez que acudí, accedí por una entrada en la que pregunté por el ala de los ucranianos; pasillos, una puerta, un ascensor…, entras y lo primero que percibes es mucha luz, y puertas blancas y limpias en las que están las fotos de cada uno de los chicos, las paredes llenas de señales y de textos en ucraniano, gente entrando, saliendo, otro idioma, otros acentos, otras costumbres.
No lo he hablado con las compañeras del centro, pero tengo la intuición que para hacer que el lugar les hiciera sentir más seguros, debieron replicar algunas de las maneras de hacer de allí, aunque está claro que la impronta que le ponen es la nuestra, por lo que el lugar es una miscelánea hispano-ucraniana, que desde fuera cuando no estas allí largas jornadas como ellas, se percibe con interés.
El entrar, trasmite calma y seguridad, después de lo que había escuchado, ver a los chicos, caminar por los pasillos con tranquilidad, entender que cada uno se dirige a un lugar concreto, porque ya tienen rutinas, actividades establecidas, algunos de ellos trabajan incluso algunas horas fuera…, me pareció una especie de milagro. Pero en este caso, no hay poder divino si no el buen hacer de profesionales del trabajo social.
En la mitad del pasillo principal está el despacho de las dos compañeras, la jefa de área y la trabajadora social; el despacho suele estar la mayoría de las veces abierto, pero en el caso que este cerrado al abrir la puerta siempre te encuentras con una sonrisa.
El trabajo social, ofrece algo que no aportan el resto de disciplinas, que es contexto y realidad. Recuerdo hace poco en una conversación con un profesional de otra especialidad, que mencionaba la individualidad de los procesos, en una defensa vehemente de lo particular. Estoy totalmente de acuerdo que no podemos establecer líneas generalistas para la intervención ni categorizar a las personas, pero por otra parte entiendo que el contexto, la realidad de cada uno tiene más peso en la situación particular en muchas ocasiones, que el propio proceso individual al que en algunos casos estamos identificando como aquello sobre lo que incidir.
En la experiencia de estos chicos esa realidad es evidente. Lo que podemos determinar cómo patologías o problemas, ¿realmente resultan ajenos a la excepcionalidad de su experiencia actual? para mí al menos con una mirada externa, es claramente indivisible, pero también la experiencia ha demostrado que esto es así. Creo que, por ello, profesionales del trabajo social, excepcionales profesionales del trabajo social para ser más exactas, han conseguido lograr resultados inimaginables de integración y de sanación de los procesos, porque no sostienen el trabajo sobre una patologización individual si no que trabajan con la mirada en la persona dentro del contexto que le ha tocado vivir.
Cuando establecemos un diagnóstico, además de depositar la responsabilidad en el individuo particular por identificación, dejamos de investigar acerca del motivo del proceso, en este caso eso hubiera sido una catástrofe, pero la mirada limpia y amplia de buenas profesionales, han creado un entorno de oportunidad dentro del contexto de la experiencia trágica.
La intervención que se ha hecho ha estado siempre atravesada por una mirada amplia, que, por supuesto no ha dejado de lado, la cuestión traumática de la vivencia, pero que ha trabajado, en la defensa de derechos, consiguiendo atención sanitaria, trabajando en la propia autonomía económica, explicando, que es algo que les he escuchado muchas veces decir a los chicos, que esto que les ha tocado vivir, también puede ser una oportunidad y que ellas están ahí para apoyarles en el camino que quieran seguir a partir de aquí.
En tres años, han surgido realidades muy diferentes, precisamente provenientes de la individualidad de cada uno, pero claramente sumergidas en el contexto y de este cóctel de diferencias culturales, trauma, desarraigo, acogimiento, bienvenida, amor mucho amor, el trabajo social en este centro se ha inventado y reinventado.
No sé si profesionales de otras disciplinas llegarían tan lejos en la innovación de estrategias y en una adaptación tan rápida como se ha hecho aquí, pero nuestra mirada amplia ha dado lugar a situaciones excepcionales.
Por la razón que sea para los chicos de Carabanchel, tener una mascota es algo fundamental. Las compañeras me contaron como al poco de llegar al centro, acogieron una rata como mascota; le tenían todos tanto cariño y era tan importante para ellos, que, a pesar de las reservas obvias de las profesionales, nadie se atrevió a quitársela. La rata permaneció el tiempo que le dejo la vida y cuando se fue, el vació era tangible, así que una vez a la semana, una asociación lleva a perros a visitar a los chicos, porque como me dijo uno de ellos: “no tener mascota es tratarnos como animales” la frase me dejo bastante impactada, pero me resulto conmovedor entender que en las circunstancias que están viviendo el poder jugar con un perro, sea algo tan trascendental. Creo que la capacidad de haber sabido escuchar esa demanda por parte de las profesionales, simboliza una experiencia de respeto, de escucha activa y de reconocer las necesidades del otro, que como decían los chicos, humaniza desde la comprensión la intervención.
Al igual que este ejemplo, cada día que acudo a verles o cuando recibo alguna consulta, habitualmente vinculada a temas técnicos relacionados con la curatela, me encuentro situaciones complejísimas que mis compañeras solventan desde la profesionalidad pero también desde la humanidad y la creatividad; el centro se ha convertido en un hogar para ellos, para muchos quizás será un principio de algo más definitivo, para otros simplemente un espacio en sus vidas que les ha llevado por circunstancias ajenas a ellos mismos a vivir una realidad diferente en un país diferente.
Muchos de ellos quieren volver, las noticias con respecto a la situación de su país son confusas y la perspectiva de no tener temporalidad concreta para el regreso, genera una situación de tristeza y desamparo importantes.
Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados: “unos 10,6 millones de personas han sido forzadas a abandonar sus hogares para buscar seguridad tanto en Ucrania o a través de sus fronteras” en un artículo publicado el 24 de febrero de 2025 en su página web, recalca algo que ha sido fundamental en toda esta experiencia, el profundo apego que las personas ucranianas tienen con su hogar, lo que hace que la experiencia sea más rasgadora de entrañas, ya que la migración voluntaria no es un movimiento que se planteará desde su perspectiva como posibilidad.
El trabajar el retorno es aún más complicado en el caso de estos chicos. Muchos de ellos cuentan con trayectorias largas de institucionalización, siendo el centro en el que residían su referencia, al haber sido destruido no hay dónde regresar. Este es el caso de uno de ellos, las compañeras planteaban su demanda como importante por el dolor que le provocaba y planteaban comunicarle al consulado para ver posibilidades de traslado. Le llamarón al despacho para que yo también desde AMAPAD le trasladará que estábamos trabajando en ello, pero que su país seguía en guerra y que no estaba siendo sencillo.
Las conversaciones son siempre pintorescas, con las traductoras como eje principal, pero con la ensalada de palabras que tanto mis compañeras, la jefa de área y la trabajadora social, han aprendido en Ucraniano como las palabras de nuestro idioma que ellos manejan, en ese mezcla compleja para comunicarnos, le explicamos que las profesionales habían tratado de contactar con familiares en Ucrania incluso a través de redes sociales, el hombre mayor y curtido, nos miraba a través de las gafas de sol con una dignidad profunda, no le veíamos pero sabíamos que estaba llorando, la traductora nos dijo que él decía que estaba solo. Mis compañeras le miraron con una compasión que llegaba al alma y le contestaron que harían todo lo posible para que volviera pero que aquí también le queríamos y que esto era una familia.
Cuando salía conmovido, la que comenzó a llorar fui yo, mis compañeras nuevamente conmovidas me consolaron con palabras de cariño.
He encontrado poca documentación de trabajo social y refugio, creo que como siempre nos falta ser capaces de trasladar que nuestra ciencia es también el alma de muchos procesos.
Conclusión
El trabajo social ha sido siempre el precursor de muchas iniciativas creativas de intervención social y el pionero, en abordar situaciones de alta complejidad y vulnerabilidad humanas de manera valiente y llena de profesionalidad. Pero la pasión que ponemos en la intervención, nos agota tanto muchas veces, que no dedicamos tiempo y espacio en poder ver el valor de nuestro trabajo y lo importante que es el recoger lo que hacemos, por darle valor a nuestra disciplina y por allanar camino a nuestras compañeras.
El trabajo que he visto realizar en el módulo ucraniano de Carabanchel, es increíble; en esa intervención diaria, las compañeras no parecen darse cuenta de que son pioneras en un proyecto de intervención social importantísimo a nivel de respeto a los derechos humanos y la integración. Hablando con una de ellas, un día después de haber ido al centro, le pregunte como podía soportar tanta carga emocional diaria, me miro y me dijo “sí que es verdad, ha sido duro, pero no querría hacer otra cosa”.
Como se que ellas no lo van a contar, he decidido hacerlo yo.
Agradezco a Rosa, Sandra y Marta el ser siempre maestras y devolverme la ilusión por el trabajo social.








Espacio abierto del Colegio Oficial de Trabajo Social de Madrid
