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Construyendo puentes y tejiendo redes hacia la Espiritualidad en y desde el Trabajo Social 

Autor: Emiliano A. Curbelo

No nos gusta el Trabajo Social tal como, en general, se viene haciendo en las Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y entidades sociales que proclaman que lo hacen, ni nos gusta cómo las Universidades, también en general, dicen enseñar para formar esta profesión. Creemos por las pocas experiencias de entidades y profesionales y profesores que hacen otro Trabajo Social, que es posible que se le dé un contenido transformador y no solo asistencialista, que se pueden aplicar lógicas de la complejidad y fundamentos no tan lineales y simplistas, que nos podemos hacer preguntas que contribuyan a reenfocar el Trabajo Social según algunos principios que están en su origen histórico (…)”. 

 Prólogo de Tomás Villasante en Hernández y Curbelo (2017, p. 9).

Antes de nada, me gustaría permitirme la licencia de hacer un uso mínimo de referencias bibliográficas, más bien, quisiera plantear el desarrollo textual de manera más informal, en base a mi bagaje personal, ese dimanado de aquellas vivencias, experiencias y conocimientos que he ido adquiriendo a lo largo de todos estos años. Para proseguir, quisiera expresar que mis argumentaciones no tratan de convencer a nadie, exclusivamente, intentan arrojar un poco más de luz respecto de algunas cuestiones que, indubitadamente, entiendo deberían ser objeto de un debate calmado, sosegado y constructivo en torno a la disciplina y a la profesión. 

Dicho esto, estaba pensando la forma de tratar aquellas cuestiones capitales que deberían ser objeto de una insondable deliberación y lo primero que me viene a la cabeza, es diferenciar muy sucintamente las dos lógicas o corrientes de pensamiento imperantes en la disciplina: el Trabajo Social tradicional que concibe a la persona como objeto, desde proposiciones verticales, simplistas y asistencialistas que, para nada, procuran cambios sustanciales en las realidades. Por otra parte, no encontramos con el Trabajo Social crítico que sitúa a la persona presuntamente como sujeto desde preceptos horizontales, complejos y transformadores que deberían servir para administrar cambios holísticos en las múltiples realidades complejas, aunque, ninguna de ellas incorpora elementos espirituales en sentido estricto. 

En el actual escenario distópico, afrontar las necesidades, realidades y circunstancias de determinados colectivos sociales que se hacen manifiestas en los diversos ámbitos, escenarios y contextos de la acción social, parece suponer un serio quebranto. Y con ello en mente, se me ocurre desvelar el arrogante sesgo irreverente que solemos presentar a la hora de contextualizar a la persona solicitante o requirente de una ayuda profesionalizada o de un acompañamiento social. 

De esta forma, debemos considerar que, la forma de describir o representar algo, es muy importante para el Trabajo Social y para el resto de disciplinas u oficios que intervienen o interactúan con personas. Por ello, si pretendemos construir humanidad y espiritualidad en y desde la intervención social, aunque parezca una nimiedad, no deberíamos hacer uso de los tópicos habituales de “usuarios/as, clientes/as o pacientes”. Simplemente hablemos de personas, de seres humanos únicos e irreproducibles, cargados de sus generalidades y sus particularidades. 

Al mismo tiempo, nos calificamos como buenas personas por el mero hecho de ser  trabajadores/as sociales o por haber estudiado o estar estudiando Trabajo Social. Antes que nada, somos personas con nuestro propio sistema de creencias y por ello, aquí, desgraciadamente podemos encontrar de todo como en botica. Así, lo que describe a una buena persona no son sus aspectos materiales (su formación o nivel de conocimientos, su puesto de trabajo, el cargo que desempeña, etc…), sino más bien, aunque parezca una cursilada, es lo que alberga en su corazón. Y tal es así que, para Howard Gardner, una mala persona nunca llegará a ser un/a buen/a profesional, pudiendo apostillar que, a mayor grado de conciencia, mejores personas seremos. 

Sin ningún margen de duda, por ende, situándonos en el discurso habitual, mostramos abiertamente esa postura egoica que erigimos sobre una percepción sesgada de la persona, generando una dismetría o verticalidad de poder en nuestro beneficio. Nos gusta tanto controlar y ejercer de policías de lo social. Por eso y solo por eso, esos mal llamados usuarios/as, requieren de otra representación simbólica para evitar su despersonalización y para garantizar el enfoque humanista, garantista o de derechos, ese constituido por esa heterogeneidad donde pululan los valores sociales, éticos, morales, cívicos, humanos y las garantías legales. Si fuéramos capaces de asignar una mayor voz a las personas en y desde la intervención social, comprenderíamos tantas cosas que, a priori, pasan inadvertidas que, incluso, podríamos aprender muchísimo acerca del sufrimiento psicosocioespiritual de éstas. 

Efectivamente, estamos atrapados por el fantasma de la incongruencia, arraigando en nuestra estructura mental de pensamiento un Trabajo Social adyacente a la materialidad, contraviniendo aquellos elementos humanos, emocionales y espirituales (inmateriales). Y contamos con una idea tan distorsionada de la historicidad de nuestra disciplina, que se muestra sumamente dificultoso, incorporar a nuestra lógica de compresión innovadoras miradas que nos aproximen al siglo XXI. 

Pues bien, el Trabajo Social actual, aunque presenta numerosas posibilidades, está completamente desnaturalizado. Mayormente, éste se sustenta en un repertorio de falacias que nos han inculcado desde nuestra etapa estudiantil universitaria sin cuestionarlas. Una de ellas es la siguiente: “las necesidades son ilimitadas y los recursos son escasos”. Esto supone adoptar una cosmovisión asistencialista/materialista de la disciplina y de la profesión. Me pregunto: ¿Sin la materialidad de los recursos, servicios, ayudas y prestaciones no existiría el Trabajo Social? ¿Las personas, familias, grupos y colectividades y el/la profesional no constituyen el principal recurso en y desde la intervención social? ¿La espiritualidad no constituye un elemento clave en y desde la intervención social? 

Vivimos en un entorno profesional materializado que nos obliga a instituirnos en catedráticos/as de la prescripción de ayudas y prestaciones sociales y en la derivación a recursos, servicios y/o programas, creyendo que eso es Trabajo Social. En cierta medida, puede contener las manifestaciones de una de las funciones más conocidas de la profesión, pero este tipo de actuaciones, en absoluto, representan la esencia transformadora del Trabajo Social, ni siquiera en su apariencia. Sino ayudamos a evolucionar a las personas, sino transformamos realidades complejas, por muchos apoyos instrumentales que pongamos en manos de la intervencion social, no estaremos ejerciendo un verdadero Trabajo Social. 

Actuar desde el reduccionismo materialista, supone establecer una preferente correspondencia entre nuestra profesión y la exclusión social, sin respetar uno de los principios cardinales de los Servicios Sociales en sentido amplio: la universalidad. Situar a las personas, familias, grupos y/o colectividades en el plano exclusivo de las necesidades materiales y económicas, constituye un tremendo error. Tenemos que luchar contra la exclusión, de acuerdo, pero no contra las personas en situación de exclusión.  

Y por lo descrito, se visibiliza la necesidad de reescribir un nuevo cuaderno de bitácora, desde esa necesaria Reconcenceptualización que, después de más de cincuenta años, incorpore lógicas más humanas y espirituales en lo paradigmático y lo pragmático. Entonces, entiendo que, desde el Trabajo Social, no se aportan soluciones para conseguir descollar el camino hacia un Trabajo Social espiritual. 

¿A qué se debe todo esto? La respuesta es bastante sencilla. Se produce por el mero hecho de vislumbrar a la persona fundamentalmente desde las efímeras dimensiones bio-psico-sociales, cuando en realidad no prestamos ningún énfasis a esa dimensión espiritual que nada tiene que ver con ningún sentido doxológico o religioso. Más bien, hace alusión a esa visión basada en la inmaterialidad desde ese sentido humanista, transcendental y existencial alejado de cualquier atisbo de religiosidad institucionalizada.   

Desde mi postura, deslegitimar la dimensión espiritual o dicho de forma más concisa, concebir a la persona desde un simple eje biológico (cuerpo), psicológico (mente) y social (ambiente) y no atender a los propósitos, metas y sentidos vitales, a esa búsqueda existencial respecto de los diversos significantes de vida, a esos preceptos humanos, a ese amor fraterno, constituye otro sesgo de suma relevancia.  

Al hilo de lo comentado, si pretendemos alcanzar la holística dimensional, debemos considerar la importancia de la espiritualidad en y desde la intervención social y en nuestra dinámica habitual de vida, ésta última, en un mundo superficial y materializado se convierte en la búsqueda de propósitos basados en el ego y en la inmediatez del éxito, prestigio y/o reconocimiento social. 

Y el humanismo nos lleva a romper con dicha dinámica, apreciando a la persona como un eje meridianamente nuclear de la actuación profesionalizada, en el que, los valores éticos, cívicos y morales escriben la dirección a seguir. Y sentar las bases del existencialismo, sugiere esa libertad y autodeterminación que sin ningún tipo de ataduras u opresiones, permite a la persona elegir entre los atajos de su vida, desde procesos decisionales democratizadores que los lleven a cumplir sus intereses y deseos.  

A pesar que pudiera parecer lo contrario, cada vez son más numerosos/as los/as académicos/as y los/as profesionales del Trabajo Social que están considerando las premisas de la dimensión espiritual. Claro está: se trata de personas que, sin ser mejores ni peores, sencillamente, cuentan con otro estado evolutivo de la conciencia y con el objeto de no minusvalorar a nadie, cuentan con una mente y un corazón más despiertos. Y por si fuera de interés, acerca del tema que estamos tratando, uno de los mayores referentes en España es el profesor de la Universidad Pere Tarrés-URL, Enric Benavent. 

A falta del reconocimiento meritorio de la espiritualidad y del amor fraterno, esos constructos que, al escucharlos, automáticamente los situamos en la esfera de carencia de rigor empírico y científico, se muestra preferencial revelar que el paradigma espiritual, debería constituir otro pilar cardinal más, eso sí, siempre que vaya de la mano del paradigma cientificista, para llegar a lo que he venido denominando como la ultramodernidad disciplinar.  

¿A qué me estoy refiriendo con esto? De manera bastante suscita, se trataría de formular un nuevo corpus teórico, epistémico, conceptual y metodológico, desde miradas multidimensionales que, combinando lo científico y lo espiritual, sirvan de soporte a las expresiones pragmáticas para generar cambios transformadores y multiplicadores en las diversas realidades complejas, todo ello, desde esa construcción de conciencia, humanidad y ciudadanía. Aquí el asistencialismo se convierte en algo subsidiario y residual. 

Desde el punto de vista espiritual, por lo tanto, no sería correcto hablar de factores protectores, potencialidades, capacidades y/o fortalezas (más bien estaríamos haciendo alusión a factores protectores/evolutivos) y tampoco sería coherente hablar de factores de riesgo, vulnerabilidades, debilidades y/o fragilidades (se trataría de factores desprotectores/involutivos). En la misma línea, la intervención meramente social se convierte en una intervención social participativa, representativa, colaborativa y emocional-espiritual. Y a tenor de lo señalado, los problemas, problemáticas sociales, las situaciones de malestar social y las necesidades sociales, desde ésta última comprensión, se traducen en situaciones de sufrimiento psio-socio-espiritual y en necesidades sociales, humanas y espirituales.  

Y desde dicho enfoque paradigmático, emana esa espiritualidad y ese amor fraterno, éste último conceptualizado como “un sentimiento afectivo muy fuerte de complicidad, dedicación e interés por el otro/a que genera una emocionalidad y sentimientos positivos, así como soluciones asertivas y afectivas conjuntas” (Curbelo, 2021, p. 57) que aporta la necesaria y verdadera cimentación humanizadora y espiritualista. Y tal es así que, en palabras de Erich Fromm, el amor solo se desarrolla cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales.  

A raíz de ello, el amor fraterno se conforma como algo sumamente importante, manifestándose desde sus múltiples expresiones explicativas. Entonces, podemos encontrar: el amor por la familia, por la pareja, por los amigos, por los animales, etc… aunque el nexo de unión entre todo ello, es el amor fraterno e incondicional, ese que entregamos sin ningún tipo de miramiento y que soslaya las fronteras de los estereotipos y los prejuicios.  

Y para mostrar el alcance del amor fraterno desde la cruda realidad, creo que uno de los mejores ejemplos lo podemos ubicar en la Película “La Vida es Bella”, donde queda retratada la necesidad del ser humano por luchar y sobrevivir ante situaciones hostiles, constituyendo ese amor fraterno el pilar de apoyo fundamental para mantener la esperanza, para caernos y volvernos a levantar. De eso se trata. Cuanto mayor amor alberguemos en nuestro corazón, mayor será nuestro estado de conciencia y viceversa.  

De esta manera, desde dicho planteamiento, nuestras actitudes, conductas y comportamientos serán más comprensivos, tolerantes, compasivos, etc… Y esto supone construir humanidad, cambiando el foco hacia comprensiones menos materialistas que, desde una mayor amplitud de miras, permitan adquirir un mayor grado de elevación de la conciencia que contribuya a una adecuada responsabilidad, respeto e integridad. El amor fraterno contribuye a identificar al/la otro/a como un ser humano, más no como un simple número o expediente. 

Efectivamente, la correspondencia entre la espiritualidad, el amor fraterno y los valores sociales, cívicos y morales es tácita. No cabe la duda que, al contemplar el amor fraterno en y desde la intervención social, respetaremos los diversos ritmos evolutivos de las personas, desde esa incondicionalidad que solamente busca lo mejor para los/as demás. 

En base a lo indicado, hemos visto que la espiritualidad tiene mucho que ver con la inmaterialidad, si bien, aunque parezca una paradoja ésta se puede medir desde instrumentos científicos debidamente validados y homologados. Y a modo ilustrativo, me gustaría citar el Cuestionario de Espiritualidad de Parsian y Dunning, que describe un aservo de categorías, variables e indicadores que, perfectamente, se puede adaptar y aplicar a la acción social. 

A groso modo, la espiritualidad genera actuaciones proactivas para procurar incrementar nuestra riqueza interior y la de los/as otros/as, contribuyendo con ello a la prosecución de ese desarrollo, crecimiento y evolución, desde los principios piramidales del Trabajo Social como son la autodeterminación, la libertad, la igualdad, la dignidad y la justicia social. Dichos valores son observables dentro de la dimensión espiritual como un contenido más de ésta, puesto que, la espiritualidad, sería el estadio macro y la dimensión espiritual el estadio micro. Y entonces podemos afirmar que lo macro se representa en lo micro y lo micro se representa en lo macro. 

Y dicho enfoque, nos va a permitir identificar nuestras finalidades de vida personales, pero también, profesionales, desde ese imaginario que contribuya a conocernos y conocer a los/as demás. Y no debemos olvidar que, proyectar la inteligencia espiritual, sugiere adquirir otro sistema de valores y de creencias que partan de cimientos más consolidados, donde se potencie la actividad creadora, el interés por el ser humano, una mayor percepción de bienestar, el equilibro interno, una vida más feliz, calmada, sosegada, relajada, desde posiciones más empáticas y resilientes, fomentando esa actitud salugénica que solo aporta beneficios y ventajas. 

En consecuencia, en y desde la intervención social, debemos desarrollar acciones espirituales para asumir esa transcendencia que sugiere que cada persona tiene sus propios anhelos, deseos e ideas respeto de la vida que quiere tener. Y como trabajadores/as sociales, debemos respetarlas desde la neutralidad y la imparcialidad. Una cuestión es ayudarles y brindarles un acompañamiento social y espiritual y otra cosa muy distinta, es inmiscuirnos en situaciones íntimas que, en algunos casos, incluso sobrepasan nuestro marco funcional y competencial. 

Aquí hablamos de la estética de la ética, como ese constructo esencial que debería orientar nuestras actuaciones profesionalizadas, cuya finalidad pasa por defender los derechos inalienables de las personas, basándonos en esas actitudes, conductas y comportamientos personales y profesionales que, sí o sí, obligatoriamente debemos explicitar en los márgenes de la intervención social, confidencialidad y privacidad incluidas. 

Igualmente, lo importante no es la estructura organizativa a la que pertenezcamos, ni nosotros/as como trabajadores/as sociales, son las personas amparadas por el Principio de Responsabilidad Pública, ergo, les debemos garantizar unos derechos sociales legalmente reconocidos e instituidos, queramos o no. Nosotros/as solo somos un medio para lograr un fin, no somos salvadores/as de ninguna realidad. En todo caso, será la persona la que cambiará sus circunstancias. 

Efectivamente, la pertenecía a una determinada institución o entidad social nos compromete a mostrar un ejemplaridad en el trato profesional, con nuestros/as compañeros/as de los equipos de trabajo, así como con las personas que requieren de nuestra ayuda profesionalizada y nuestro acompañamiento social y espiritual. A razón de ello, se debería reestructurar el marco deontológico desde la procuración de nuevos valores morales, cívicos, éticos, espirituales y humanos, para conseguir pronunciamientos más coherentes que permitan trascender esa (des)humanización que lo ha impregnado todo.  

Algunos/as autores/as hablan que, actualmente, las deficiencias en materia del conocimiento de la ética y los derechos humanos, en parte, se debe a los aprendizajes que se transmiten en y desde la Universidades, ese espacio que siempre se ha considerado como un espacio democrático, libre y plural, impregnado de un pensamiento crítico y alternativo. Y al respecto, me pregunto: ¿Se están formando a los/as alumnos/as del Grado en Trabajo Social con la amplitud que se requiere? ¿Existe alguna materia específica sobre Trabajo Social y derechos humanos, espiritualidad y/o humanismo? Salvo error, únicamente la Universidad Pere Tarrés-URL, oferta una asignatura denominada Espiritualidad y Trabajo Social. 

El ego y la espiritualidad nunca irán de la mano, son conceptos antagónicos e irreconciliables. De tal forma, como trabajadores/as sociales debemos pavimentar la humanidad y la espiritualidad, para un mayor crecimiento y desarrollo profesional y por ende, personal. Ahora bien, si desconocemos su esencia, sus principios y sus postulados, es sumamente difícil asumirlos. La espiritualidad contribuye a una transformación interior que se manifiesta hacia el exterior a través de nuestros actos. Por lo tanto, la visión asistencial no es transformadora y por ello, no es espiritual. 

Y retomando el tema, en un mundo repleto de materialidad, es muy difícil alcanzar ese estado transformativo de la conciencia, por lo que, sin Norte alguno, no vemos sometidos a las redes de la meritocracia, esa que alimenta nuestro ego y que Michael Sandel denomina la tiranía del mérito, donde puede más el tener que el saber, el continente que el contenido, lo que nos coadyuga a disponer de numerosos certificados que responden más a lo cuantitativo que a lo cualitativo. Y esto nos aleja de esa necesaria esencialidad inmaterial, entonces, cabría preguntarnos: ¿En nuestra vida personal y profesional hacemos las cosas por convicción, por vocación, por obligación, por satisfacción, por motivación, por interés, por dinero, por éxito, por prestigio, etc…? 

En resumidas cuentas, el paradigma espiritual, desde otros matices, entiende la interdependencia con y entre todos/as, superando el individualismo y el materialismo. La espiritualidad hay que conocerla pero también experimentarla, sentirla, vivirla y cultivarla. Por eso, unas herramientas y técnicas que nos van a permitir desvelar y desnudar el despertar de nuestra conciencia y que pudieran servir para alcanzar un mayor grado espiritual, podríamos encontrarlas en el Yoga, la Biodanza, las técnicas chamánicas y de respiración, la meditación, el Mindfulness, en la propia naturaleza, etc… De este modo, no nos queda otra que reinventarnos y reenfocar el Trabajo Social hacia derroteros más espirituales, con el objeto de significar la ultramodernidad disciplinar que tanto nos hace falta al conjunto de partícipes de la acción social. 

Bibliografía 

Curbelo Hernández, E. (2021). O modelo de intervención en traballo social empático-emocional desde unha mirada sentí-pensante. Revista Galega de Traballo Social-Fervenzas, 23(1), 55-78.  

Hernández Hernández, L., y Curbelo Hernández, A. (2017). Otro Trabajo Social es Posible. Construyendo Ciudadanía/14. Observatorio Internacional de Ciudadanía y Medio Ambiente Sostenible.