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Vulnerabilidad social en intervención social desde el ámbito de vivienda: Algunas reflexiones para su correcto desarrollo

Ana Llorens Marín

Clara Nuño Ballesteros

Cristina Gloria Megia Palma

Guadalupe Castro Cuez

Visitación Gómez García

Introducción

El acceso y mantenimiento de una vivienda adecuada se ha consolidado como uno de los principales desafíos sociales en el contexto actual. El encarecimiento sostenido del mercado residencial, la precarización de amplios sectores de la población y la insuficiencia de vivienda protegida han situado a numerosas personas y hogares en escenarios de creciente inseguridad residencial. Esta realidad interpela directamente al sistema de protección social y, de manera particular, al Trabajo Social como disciplina comprometida con la garantía de derechos.

En los últimos años, la intervención social en el ámbito de la vivienda ha adquirido una centralidad creciente en Servicios Sociales. La complejidad de las situaciones atendidas, la acumulación de factores de vulnerabilidad y la necesidad de articular respuestas proporcionales y fundamentadas exigen reforzar el análisis técnico y clarificar los criterios profesionales que orientan la práctica.

El presente documento, promovido por el Colegio Oficial de Trabajo Social de Madrid y elaborado por un grupo de colegiados/as de diferentes ámbitos, tiene como finalidad contribuir a esa reflexión. No pretende ofrecer un marco cerrado, sino aportar elementos conceptuales y operativos que permitan delimitar con mayor precisión la vulnerabilidad residencial, fortalecer la argumentación técnica de los informes sociales y avanzar hacia una intervención más coherente con el enfoque de derechos.

A lo largo del texto se aborda, en primer lugar, el encuadre institucional y normativo de la vivienda dentro del sistema de protección social, para posteriormente profundizar en el análisis de la vulnerabilidad social y residencial desde una perspectiva aplicada a la práctica profesional.

Marco institucional y contextual

El Trabajo Social, como disciplina y como profesión, tiene entre sus cometidos fundamentales la defensa y promoción de políticas sociales orientadas a garantizar el bienestar y la cohesión social. En este marco, la vivienda constituye un elemento estructural del sistema de protección, en tanto que condición indispensable para el ejercicio efectivo de derechos y para el desarrollo de proyectos de vida autónomos y dignos. La intervención social en el ámbito de la vivienda se orienta tanto al acompañamiento de personas, familias y comunidades en situaciones de dificultad habitacional, como a la incidencia en el diseño y consolidación de políticas públicas que promuevan el acceso a una vivienda adecuada en condiciones de equidad. No se trata únicamente de dar respuesta a situaciones de emergencia, sino de contribuir a la construcción de un modelo de protección que sitúe la vivienda en el lugar que le corresponde dentro del sistema de derechos sociales.

En los últimos años, el acceso y mantenimiento de la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo social. El incremento sostenido de los precios, tanto en el mercado de alquiler como en el de compraventa, junto con la precarización de amplios sectores de la población, ha tensionado la capacidad de los hogares para sostener su proyecto residencial. Desde la práctica profesional se constata un aumento significativo de situaciones de inseguridad residencial, sobreendeudamiento y riesgo de pérdida de vivienda, con especial incidencia en determinados perfiles y territorios.

En respuesta a esta realidad, el marco normativo ha experimentado modificaciones relevantes en los últimos años, incorporando medidas orientadas a reforzar la protección frente a situaciones de vulnerabilidad. Sin embargo, la persistencia del problema pone de manifiesto la necesidad de seguir avanzando hacia un enfoque estructural que supere respuestas fragmentadas o coyunturales.

Este contexto ha tenido un impacto directo en los Servicios Sociales, que han visto ampliadas sus funciones y responsabilidades en materia de vivienda, en un escenario ya marcado por la sobrecarga estructural y la insuficiencia de recursos. La asignación de nuevos mandatos sin el correspondiente refuerzo organizativo y profesional incide en la calidad de la atención y en la capacidad de respuesta ante situaciones cada vez más complejas.

Desde el modelo de Servicios Sociales defendido por la profesión, la vivienda se configura como uno de los pilares básicos del sistema de protección social. Junto a la garantía de ingresos, la salud, la educación, los propios Servicios Sociales y el empleo, la vivienda constituye un bien protegible esencial para asegurar condiciones de dignidad, seguridad y estabilidad. Sin una garantía efectiva de acceso y mantenimiento de la vivienda, el resto de los derechos se ven seriamente comprometidos.

En este marco, el Colegio Oficial de Trabajo Social de Madrid impulsa el presente documento con el objetivo de contribuir a la reflexión técnica y profesional sobre la intervención social en el ámbito de la vivienda. Se pretende reconocer el papel específico del Trabajo Social en este campo, delimitar algunos elementos clave para una práctica rigurosa y avanzar hacia un modelo de política pública que consolide la vivienda como un derecho efectivo y no como una aspiración pendiente.

Vulnerabilidad social y residencial: marco conceptual y criterios para la intervención

La vulnerabilidad como proceso multidimensional

La vulnerabilidad social no puede entenderse como una categoría estática ni como una mera carencia económica. Se trata de un proceso dinámico en el que confluyen factores estructurales, contextuales y personales que sitúan a personas y unidades de convivencia en una posición de mayor exposición al riesgo y menor capacidad de respuesta ante situaciones adversas.

No existe un único instrumento capaz de capturar toda su complejidad, ni una definición cerrada que abarque todas sus dimensiones. La vulnerabilidad se configura a partir de la interacción entre:

  • Condiciones materiales (ingresos, empleo, vivienda).
  • Factores relacionales (redes de apoyo, convivencia, arraigo comunitario).
  • Situaciones de salud y dependencia.
  • Condiciones jurídico-administrativas.
  • Capacidades individuales y recursos personales.
  • Contexto territorial y disponibilidad de recursos públicos.

Desde la intervención social en vivienda, esta mirada resulta imprescindible, ya que la pérdida o la precariedad residencial raramente responde a una única causa. La vivienda se convierte en el punto de intersección donde se expresan y acumulan desigualdades previas.

Vulnerabilidad económica y su impacto en la estabilidad residencial

La dimensión económica constituye un eje central en la vulnerabilidad residencial, pero es el único factor que incide en las dificultades de las personas a la hora de acceder a una vivienda. No se trata únicamente de la insuficiencia de ingresos, sino de la relación entre ingresos, gastos estructurales del hogar y condiciones del mercado de vivienda en el entorno concreto.

A la hora de hablar de vulnerabilidad económica, este fenómeno entra dentro de la intervención social cuando en la unidad de convivencia:

  • No se puede cubrir de forma sostenida los gastos derivados de la vivienda junto con las necesidades básicas.
  • Se depende de ingresos inestables o irregulares.
  • Se encuentra expuesta a riesgos laborales que comprometen su continuidad de ingresos.
  • Carece de margen de maniobra ante imprevistos.

Cuando el coste de la vivienda absorbe una parte desproporcionada de los ingresos familiares, se incrementa el riesgo de sobreendeudamiento, impago y pérdida de la vivienda, incluso en hogares que formalmente no se sitúan en umbrales de pobreza severa.

Factores estructurales para la valoración de la vulnerabilidad residencial

Con el fin de orientar la práctica profesional, se identifican los siguientes ámbitos de análisis que deben considerarse de manera conjunta en la valoración de situaciones de riesgo o pérdida de vivienda. Cada uno de estos factores va a tener una serie de indicadores para tener en cuenta, que facilitarán la valoración por parte de los/as profesionales del Trabajo Social.

1. Vivienda y habitabilidad

  • Régimen de tenencia y grado de seguridad jurídica.
  • Estabilidad residencial y trayectoria previa.
  • Condiciones de habitabilidad, equipamiento y adecuación al tamaño y necesidades del hogar.
  • Ubicación territorial y acceso a servicios básicos.
  • Existencia de riesgo de desahucio o antecedentes de pérdida de vivienda.

2. Situación económica

  • Nivel y regularidad de ingresos.
  • Relación entre ingresos y gastos estructurales.
  • Peso del coste de vivienda sobre el total de ingresos.
  • Existencia de deudas asociadas a vivienda o suministros.
  • Capacidad de gestión económica del hogar.

3. Situación laboral y empleabilidad

  • Vinculación al mercado de trabajo.
  • Estabilidad contractual.
  • Adecuación entre perfil profesional y oportunidades del entorno.
  • Barreras estructurales (edad, género, origen, responsabilidades de cuidado).

4. Salud y dependencia

  • Existencia de enfermedades crónicas o graves.
  • Situaciones de discapacidad o dependencia.
  • Impacto funcional en la autonomía y en la capacidad laboral del hogar.
  • Acceso efectivo a tratamiento y apoyos.

5. Situación jurídico-administrativa

  • Regularidad documental.
  • Acceso a prestaciones y derechos.
  • Procedimientos judiciales o administrativos en curso relacionados con la vivienda.

6. Red de apoyo y arraigo comunitario

  • Existencia de apoyos familiares o comunitarios efectivos.
  • Nivel de integración social.
  • Situaciones de aislamiento, estigmatización o conflicto.

*Estos ámbitos no deben analizarse de forma aislada, sino atendiendo a su interacción. La acumulación de déficits en distintos planos incrementa exponencialmente el riesgo residencial.

Niveles de afectación y orientación de la intervención

En lugar de clasificaciones como “leve”, “deficitaria” o “muy deficitaria”, resulta más operativo hablar de niveles de afectación residencial, vinculados a la intensidad y urgencia de la respuesta:

  • Riesgo incipiente: existencia de factores de fragilidad que pueden comprometer la estabilidad residencial a corto o medio plazo. Requiere medidas preventivas y acompañamiento.
  • Riesgo consolidado: concurrencia de varios factores estructurales que dificultan el mantenimiento de la vivienda. Precisan de intervención estructurada y medidas de apoyo de medio plazo.
  • Pérdida o riesgo inminente de pérdida: existencia de indicadores críticos que comprometen de manera inmediata la continuidad residencial. Exige una respuesta urgente y medidas de protección prioritarias.

*Esta clasificación no pretende sustituir los criterios normativos establecidos en la legislación, sino ampliarlos desde una perspectiva técnica que permita fundamentar adecuadamente los informes sociales y la propuesta de medidas.

La valoración profesional como proceso integral

La sistematización de factores no sustituye el juicio profesional. La vulnerabilidad residencial no es el resultado de una suma mecánica de variables, sino de la interpretación contextualizada de cada caso. El análisis estructurado permite: a) Fundamentar diagnósticos con mayor solidez; b) Argumentar la proporcionalidad de las medidas propuestas; c) Identificar prioridades de intervención; y d) Evitar respuestas homogéneas ante realidades heterogéneas.

La intervención social en vivienda exige, por tanto, una lectura integral que combine criterios técnicos objetivos con la valoración cualitativa de la trayectoria, capacidades y expectativas del hogar.

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